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De un tiempo a esta parte venimos oyendo un término que se repite una y otra vez en relación a la gestión de la ciudad, las smart city. Poca cosa más podemos decir, para definir una crítica profunda, que no se haya dicho ya por autores como Jordi Borja; pero creemos adecuado hacer un resumen de los puntos más desconcertantes de la smart city, lo cual nos llevará, posiblemente, un par de posts.

Coincidimos en que las ciudades son inteligentes por definición, no podemos definir como tonto el desarrollo de la ciudad, ni el que lleva a casos de éxito, ni el que lleva a fracasos importantes en la gestión de lo público, pues no se puede tildar de tonto el generar todo un sistema para despilfarrar los recursos públicos mientras uno se enriquece. Por decirlo de otra manera, existen los genios malvados, también en la gestión urbana. Pero esto de la ciudad inteligente ha ido un paso más allá; nos ha vendido una ciudad cómoda, rebosante de información, abierta a nuevas formas de gobierno… pero ¿qué hay de cierto en ello? Nos parece que nada.

Si bien hacemos constar que es un término a estas alturas trasnochado, no es menos cierto que hay ciudades que aun se dejan tentar por sus cantos de sirena, firmando convenios de cátedras de smart city cuando la ciudad real se les cae a pedazos o invirtiendo en coches eléctricos mientras su patrimonio languidece por falta de inversión o no hay fondos para becas de comedor. Todo esto haciendo oídos sordos a toda la crítica que, casi en el mismo momento en que los gurús bautizaban la smart city, empezó a poner de manifiesto la necesidad de que la inteligencia se basase en las capacidades de los habitantes, con un concepto poco afortunado si se quiere, el de smart citizen, muy pervertido también a día de hoy.

Pero retomemos la mentira de la inteligencia en la smart city. ¿A qué se reduce toda la parafernalia de esta nueva forma de gestión urbana tan favorable? En nuestra opinión ni más ni menos que a una sobre-tecnologización de la ciudad, la cual obviamente, aumenta la desigualdad y la brecha entre los que pueden aprovechar el acceso a esas tecnologías y los que no. La smart city no es más que un conjunto de gadgets, normalmente orientados a hacer más efectiva la gestión y la toma de decisiones por parte de instituciones, empresas, organismos… y ante la que el habitante es mero sujeto pasivo, no implicado en estos procesos tecnológicos unidireccionales, que suelen implicar el diseño de unas políticas públicas y unos discursos políticos muy concretos, aspectos estos que necesitarán de un post para ser explicados en profundidad. El retorno, si existe, no es socialmente relevante al no potenciar las capacidades de la gente, aunque pueda ser valorable en cuanto a mejora de la gestión y uso de los recursos; pero entonces ¿estamos llamando smart city a la gestión responsable de lo urbano, de los recursos, de los medios…? ¿Admitimos entonces que hasta el momento en que entra en liza este concepto las ciudades han sido un desastre en la gestión y que sus hipotéticos gestores nos han estafado? No es concebible que, existiendo formas de mejora del uso de recursos, en tiempos de crisis como los actuales, no se estén poniendo en marcha en cada ciudad para evitar el despilfarro, pero es que estamos olvidando el que seguramente es el aspecto más relevante de la smart city; que es un negocio. Ahora toca llamar smart city a lo que antes eran las políticas de accesibilidad, de movilidad, de medio ambiente… y con este nuevo nombre y recubiertas de la pátina tecnológica abren un mercado importante para muchas firmas ávidas de contratos públicos, subvenciones europeas y “partenariados” público-privados.

Posiblemente habrá lugares en los que se esté llevando a cabo reconversiones de espacios en los límites de la ciudad que puedan proveer a esta de alimentos, energía limpia, con co-gestiones con los usuarios, empleo local (igual me estoy pasando)… y sin tanto sensor ni tanto chip se estará haciendo una recogida de aguas pluviales para riego, mejorando el entorno peatonal para evitar el uso de medios de transporte privados o contaminantes, pero esto no llevará el sello ni se le dará la propaganda de las grandes fundaciones como la de Telefónica o Endesa, por lo que siendo apuestas más smart, no existen como tal.

¿Cómo puede ser inteligente dilapidar recursos llenando la ciudad de tecnología? Obteniendo datos vacíos que no implican al habitante no se va a ninguna parte, más bien al contrario, al prescindir del habitante en todas sus vertientes sociales y aislándolo como individuo, la smart city puede acabar generando ciudadanos que individualmente cada vez sean menos “smart” en relación con la gestión urbana al carecer de mecanismos de influencia grupal real.

Es cierto que la smart city puede producir gran cantidad de datos que, en el caso de ser abiertos, pueden servir para fines positivos, pero esto sigue estando alejado de la necesidad cotidiana del habitante de estar implicado activamente en su ciudad. Estos datos, como hemos dicho, son siempre más útiles a las decisiones empresariales, de inversión, de gestión… dejando al ciudadano como ente aislado de emisión y recepción de información.

Los procesos realmente inteligentes, en nuestra opinión, deben ir hacia una ciudad más sencilla y habitable, menos compleja, transparente  en su gestión y cargada de sentido común, común… es decir de todos, en la que todos se impliquen y participen y decidan el nivel de complejidad al que llegar, pero con esa base de sentido común.